El sábado pasado no fue un día cualquiera. A eso de las 11:30 de la mañana, un grupo de hermanos y voluntarios salimos con el corazón cargado de propósito hacia las afueras de Concepción. Nuestro destino: los hogares de aquellas familias que, de un momento a otro, lo perdieron casi todo bajo el fuego de los incendios.
A las 12:30, llegamos a terreno. Pero más allá de las 25 cajas que llevábamos en el vehículo, lo que realmente importaba era el encuentro que estábamos por vivir.
Más que una ayuda, una mano amiga
Sabemos que una caja de alimentos ayuda a pasar el día, pero un oído que escucha y un abrazo sincero ayudan a sanar el alma. Mientras entregábamos la ayuda, nos detuvimos a conversar, a conocer los nombres de quienes estaban detrás de la tragedia y a compartir su dolor.
Lo más hermoso de la jornada no fue solo entregar el recurso material, sino el momento en que pudimos interceder por ellos. Allí mismo, entre los restos de lo que el fuego se llevó, nos unimos en oración. Pedimos por su paz, por su fuerza y por la provisión que vendrá. Interceder por un hermano necesitado es, sin duda, la forma más pura de decirles: «No están solos, estamos con ustedes».
Gracias por hacerlo posible
Nada de esto habría sucedido sin el amor de nuestra comunidad. Queremos dar un agradecimiento inmenso a cada familia y a cada hermano que dio su primicia con tanta generosidad. Ustedes no solo donaron dinero o bienes; ustedes pusieron un plato de comida en la mesa de un compatriota y una semilla de esperanza en su corazón.
Gracias por confiar en este grupo de voluntarios para ser sus manos y sus pies en esta misión.
Gálatas 6:2 «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.»
Amén



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